El color de las ideas

Me ha pasado desde pequeña. Nunca me ha gustado compartir. Acepto rotundamente ser una egoísta y no me arrepiento.
También acepto ser una hipócrita con mucha gente. Sobre todo los que creen saber todo solo por que se enteraron antes que uno. Yo de niña veía las películas de Disney y una que otra que mi papá me dejaba ver. Leía cuentos para niños, sobre todo de esas historias en las que hay hadas, brujas y animales que hablan. Me gustaba jugar con las “barbies” que llegué a tener, el hornito (en el que nunca me salió un solo pan y mi mamá terminaba usando su horno para cocer mis panes desabridos) y los patines. De chica me llevaban a clases de natación en las que por cierto fui muy buena, veía las caricaturas que hasta ahora me acompañan en la imaginación como los mummin y sailor moon. Nunca dejaron mis padres que abandonara mis clases de inglés, me metieron a cursos en las mañanas de los sábados, mientras la mayoría de los niños aun dormía yo estaba en la escuela tomando cursos advanced de inglés, o regularizaciones de matemáticas. En matemáticas siempre fui mala, ¿qué digo mala? MALÍSIMA! Y siempre me decía a mi misma que los profesores eran unos idiotas y que seguramente en mi vida práctica nunca usaría la división con punto decimal o la fracción… y si sí, pues siempre tendría una calculadora cerca. Por ende, en los juegos de destreza mental jamás he tenido una buena puntuación, y mi cerebro sería comparable con un primate.
Como ya dije me ha pasado desde pequeña. Me gusta llamar la atención y que esa atención sea infinita. Nunca me he querido hacer la “chistosa”, además de que no es parte de mi personalidad, se me hace ridículo y al final todos saben que el “chistocito” del grupo nunca es tomado en serio y a mi me gusta que me tomen en serio, muy en serio. Yo no miento, puedo ser cualquier cosa menos mentirosa y eso ya lo he dicho miles de veces. Omitir y ocultar no es mentir, hay cosas que los demás no tienen por qué saber, solo son confesiones de la soledad, no más. Por eso me gusta tener cosas afines con las personas, me gusta tener una buena charla con alguien sobre un libro, una película, un tema específico sobre todo no político y más cultural (aunque al final sabemos que todo va con todo). Pero no me gusta compartir cosas tan personales con los demás.
No me gusta que alguien más tenga mi nombre, sobre todo si es mujer, no me importa si es solo una caricatura. Al principio siempre fui Sharon, solo Sharon a secas. Sobre todo por que mis padres me gritaban Estefanía cuando se enojaban, se dividió mi personalidad Sharon era la torpe e inconsciente y Estefanía la que tenía que saldar la cuenta con la sociedad por algo que no cometió. Normalmente Estefanía era la que terminaba cuidando y regañando a Sharon. Entonces hace no mucho decidí comenzar a usar mis dos nombres, para unificar mi personalidad, aun que no he dejado de ser torpe e inconsciente y no he dejado de regañarme por lo mismo, uno recuerda sus faltas día a día, las faltas que te hacen ser quien eres, o en quien te convertiste. Ahora no soy solo Sharon, soy una persona mucho más complicada, mucho más entera, soy Sharon De Estefanía. Y si compartiera el nombre con alguna homónima, sé que jamás sería como yo soy, no se puede. Para mí solo sería eso, un homónimo. He dejado de ser celosa con algo que sé que no es mío, el nombre lo es todo cuando dejas que solo ese nombre sea lo que te gobierne y no al revés. Uno crea su nombre, que difícil es cuando no recuerdas el nombre de quien te conoce y te llama por tu nombre y solo tienes un vago recuerdo de que lo conociste, en algún lugar, en algún momento. No me importa que alguien que no tiene trascendencia en mi vida no recuerde mi nombre, seguramente el suyo es igual de fácilmente olvidable. “El tiempo no borra a las personas, las personas lo hacen, las personas se borran a sí mismas”.
Como ya dije, me ha pasado desde pequeña, he tenido tantos apodos como personalidades a lo largo de mi vida, algunos los recuerdo otros prefiero olvidar por que me recuerdan una época infeliz, intrascendente, los primeros años de quien dolesce, osea la adolescencia. Los que más me han gustado han sido los de mi papá, pequeña saltamontes, padawan, princesa… princesa….princesa, eso soy, una princesa, princesa. Como a todas las princesas me gustaba el color rosa, era mi favorito, hasta que la princesa del reino contiguo me dijo que también le gustaba el rosa. No eran celos, era un rabia feroz por proteger lo que yo creía mío, el rosa era mío, ya no quería el rosa, no me gustaba el rosa, no quería tener ninguna afición con una princesa cuya maldad envenenó mi inocencia. Morado, el nuevo rosa fue morado, no tenía más de 5 años. Claro que, esa princesa, tuvo princesitas a los 15 años…
Me gustaban las hadas, aun me gustan, son la personificación de la niñez, al menos eso me parece a mi. Mis cuentos favoritos eran los de hadas, aun lo son, a los 5 años vi Laberinto, y quería un vestido como el de Jennifer Conelly en el baile de máscaras. Y justo en esa película vi que las hadas, eran malas, mordían, “qué quieres que hagan?” cumplir deseos… cumplir deseos. Leía, si leía. Cuentos, era lo normal. Cuentos con hadas y princesas, gnomos y animales del bosque que hablaban y que usaban ropita y hasta gafas. Siempre supe que la verdad no era así, que los animales no hablaban y no usaban sombreros, pero ¿cómo se verían si de verdad lo hicieran, como el rey Babar?.
Era una niña, ¿por qué habría de leer otras cosas? No era mi responsabilidad, nunca fui una niña prodigio de esas que leen Moby Dick a los 7 años, yo leí Moby Dick a los 20. Fue en la secundaria cuando decidí que iba a ser alguien que supiera de cosas, de muchas cosas, que a los veinte la gente me preguntara sobre algún tema y yo pudiera contestar, y comencé a leer, comencé a leer lo que había en mi casa revistas, de cine. La enciclopedia, y después mi primer libro real “Cuando el mundo se estremeció” de H. Rider Haggard; claro que ya había leído antes, lo que te dejan leer en la secundaria, libros como Macario y Canasta de Cuentos. Me concentraba en pensar que algún día iba a poder leer los clásicos como Don Quijote y Macbeth, pero por sobre eso me llamaba la atención alguien más, alguien misterioso, oscuro. No me interesaba como a todas las demás niñas la poesía y leer Romeo y Julieta, no, yo no soy así. Yo quería leer a Poe y a Wilde, pasaron un par de años antes de comenzar a invertir mi dinero (mis domingos), en algo más que galletas, comencé a comprar libros, “Narraciones Extraordinarias” fue el primero. Por esos días los libros de segunda mano fueron los más fáciles de comprar, así leí uno de mis libros favoritos “El Retrato de Dorian Grey”. Mis padres se dieron cuenta, me regalaron un libro, un compendio de historias de Kafka, Franz Kafka. Solo leí Metamorfosis que me bastó para no querer leer los demás. No me gusta Franz Kafka. Me ha pasado desde pequeña, ¿por qué querer dar a entender las cosas con parábolas, ocultando las verdades para que salgan así como interpretaciones? ¿por qué no solo decir las cosas como son? Odio las interpretaciones, son un mal. No es mi obligación entenderlas, no es mi obligación interpretar algo que no entiendo. Odio las interpretaciones, son un mal innecesario. Leí “El Laberinto de la Sociedad” en la Universidad y me pareció perfecta. no había parábolas, solo realidades.

Ya lo dije, me ha pasado desde niña, me gusta tener afinidades con la gente, es parte de ser humano, pero no me gusta que ciertas afinidades me hagan menos especial, menos princesa, menos yo. A mi me gusta el chocolate, el café, el té, las infusiones. Me gusta el cine, leer, escribir, escuchar música (o lo que yo creo que es música) y me gustaba el color morado… ahora tengo mis dudas, a todas les gusta el color morado y ya no quiero que me guste ese color, pero no puedo dejar de ser yo. ¿Puedo?
Cuando era pequeña me gustaba el rosa, el rosa era mi color favorito, usaba el rosa y pedía mis cosas color rosa, mi habitación estaba rosada. Pero a esa niña, a la del departamento de al lado le gustaba el rosa también, y competía conmigo por las cosas rosas, por quien tenía las cosas y quien no. Yo nunca tuve muchas de las cosas que pedía, solo las necesarias, las carencias son las que forman el carácter de las personas, eso le agradezco a la vida, mi carácter (o mis carencias) me hicieron deshacerme del rosa, me hicieron acercarme al morado. Por que el morado era el color ideal, la combinación entre rojo y azul, entre lo cálido y lo frío, un color misterioso y un color de liderazgo, ese era mi color. Ahora no lo es. Me pasó de niña y me pasa ahora, ese rosa que se convirtió en morado ahora se convierte en algo más. Era natural y hasta cierto punto predecible. Lo sé y me lo repito, soy más predecible de lo que me admito a mi misma, no quiero ser así, pero así soy y punto. Mi nuevo morado. Mi nueva yo. Una unificación de lo que jamás fue ni será, un yo completo. Por que no existe, siempre hay modificaciones, siempre hay evolución. Eso me gusta.
Me gusta el turquesa, el acqua, el cían, pero aún no sé cuál será la completa definición de mi nuevo yo…. creo que eso me gusta, desde pequeña me ha gustado no tener definición.

Una respuesta a “El color de las ideas

  1. En este momento bien podría desvivirme en halagos, pero no lo hare, no porque no los merezcas, tal vez quedaría en evidencia mi falta de ideas, bueno en fin, sin darle muchas vueltas, eres una de mis escritoras favoritas, disfruto mucho leer lo que escribes, y sabes? sinceramente cada que leo algún escrito tuyo, puedo decir que estás cerca de la inmortalidad, tus letras, te hacen inmortal y te harán inmortal, exagero? no lo creo, ese es mi más sincero punto de vista, que venga más inspiración.

    LARGA VIDA

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