“Adiós Volcán” | “Goodbye Volcano”

El domingo por la tarde twitter solo tenía un TT: Chavela Vargas, La dama del poncho rojo, La Chamana, Curandera…

Pedro Almodóvar le escribió una carta ya que fue su gran amigo, e impulsó el regreso de su carrera en los años 70’s mientras Chavela vivía en un exilio auto impuesto cuando México, su querido México simplemente la ignoró. Chavela, no muere, trasciende.

 Durante veinte años la busqué en sus escenarios habituales y desde que la encontré en el diminuto backstage de la madrileña Sala Caracol llevo otros veinte años despidiéndome de ella, hasta esta larguísima despedida, bajo el sol abrasivo del agosto madrileño.

Chavela Vargas hizo del abandono y la desolación una catedral en la que cabíamos todos y de la que se salía reconciliado con los propios errores, y dispuesto a seguir cometiéndolos, a intentarlo de nuevo.

El gran escritor Carlos Monsiváis dijo “Chavela Vargas ha sabido expresar la desolación de las rancheras con la radical desnudez del blues”. Según el mismo escritor, al prescindir del mariachi Chavela eliminó el carácter festivo de las rancheras, mostrando en toda su desnudez el dolor y la derrota de sus letras. En el caso de “Piensa en mí”, (eso lo digo yo) una especie de danzón de Agustín Lara, Chavela cambió hasta tal punto el compás original que de una canción pizpireta y bailable se convirtió en un fado o una nana dolorida.

Ningún ser vivo cantó con el debido desgarro al genial José Alfredo Jiménez como lo hizo Chavela. “Y si quieren saber de mi pasado, es preciso decir otra mentira. Les diré que llegué de un mundo raro, que no sé del dolor, que triunfé en el amor y que nunca (YO NUNCA, cantaba ella) he llorado”. Chavela creó con el énfasis de los finales de sus canciones un nuevo género que debería llevar su nombre. Las canciones de José Alfredo nacen en los márgenes de la sociedad y hablan de derrotas y abandonos, Chavela añadía una amargura irónica que se sobreponía a la hipocresía del mundo que le había tocado vivir y al que le cantó siempre desafiante. Se regodeaba en los finales, convertía el lamento en himno, te escupía el final a la cara. Como espectador era una experiencia que me desbordaba, uno no está acostrumbrado a que te pongan un espejo tan cerca de los ojos, el desgarro con tirón final, literalmente me desgarraba. No exagero. Supongo que habrá alguien por ahí que le pasara lo mismo que a mí.

En su segunda vida, cuando ya tenía más de setenta años, el tiempo y Chavela caminaron de la mano, en España encontró una complicidad que México le negó. Y en el seno de esta complicidad Chavela alcanzó una plenitud serena, sus canciones ganaron en dulzura, y desarrolló todo el amor que también anidaba en su repertorio. “Oye, quiero la estrella de eterno fulgor, quiero la copa más fina de cristal para brindar la noche de mi amor. Quiero la alegría de un barco volviendo, y mil campanas de gloria tañendo para brindar la noche de mi amor.” A lo largo de los años noventa y parte de este siglo, Chavela vivió esta noche de amor, eterna y feliz con nuestro país, y como cada espectador, siento que esa noche de amor la vivió exclusivamente conmigo. Chavela te cantaba solo a tí, al oído, y cuando el torrente de su voz fue menos potente, (no hablo de declive, ella no lo conoció, hizo y cantó lo que quiso y como quiso) Chavela se volvió más íntima. Las mejores versiones de “La llorona” las interpretó en sus últimos conciertos. Abordaba la canción con un murmullo, y en ese tono continuaba, recitando palabra por palabra, hasta llegar al épico final. Cantar lo que se dice cantar solo cantaba la última estrofa, de un modo ascendente hasta gritar su última y breve palabra. “Si como te quiero quieres llorona, quieres que te quiera más. Si ya te he dado la vida, llorona, qué más quieres. ¡Quieres MÁS!” Estremecía escuchar la palabra “más” gritada por Chavela.

La presenté en decenas de ciudades, recuerdo cada una de ellas, los minutos previos al concierto en los camerinos, ella había dejado el alcohol y yo el tabaco y en esos instantes éramos como dos síndromes de abstinencia juntos, ella me comentaba lo bien que le vendría una copita de tequila, para calentar la voz, y yo le decía que me comería un paquete de cigarrillos para combatir la ansiedad, y acabábamos riéndonos, cogidos de la mano, besándonos. Nos hemos besado mucho, conozco muy bien su piel.

Los años de apoteosis española hicieron posible que Chavela debutara en el Olympia de París, una gesta que solo había conseguido la gran Lola Beltrán antes que ella. En el patio de butacas tenía a mi lado a Jeanne Moreau, a veces le traducía alguna estrofa de la canción hasta que Moreau me murmuró “no hace falta, Pedro, la entiendo perfectamente” y no porque supiera español.

Y con su deslumbrante actuación en el Olympia parisino consiguió, por fin, abrir las puertas que más férreamente se le habían cerrado, las del Teatro Bellas Artes de México DF, otro de sus sueños. Antes de la presentación en París un periodista mexicano me agradeció mi generosidad con Chavela. Yo le respondí que lo mío no era generosidad, sino egoísmo, recibía mucho más que daba. También le dije que aunque no creía en la generosidad sí creía en la mezquindad, y me refería justamente al país de cuya cultura Chavela era la embajadora más ardiente. Es cierto que desde que empezara a cantar en los años cincuenta en pequeños antros (¡lo que hubiera dado por conocer El Alacrán, donde debutó con la bailarina exótica Tongolele!) Chavela Vargas fue una diosa, pero una diosa marginal. Me contó que nunca se le permitió cantar en televisión o en un teatro. Después del Olympia su situación cambió radicalmente. Aquella noche, la del Bellas Artes del D.F., también tuve el privilegio de presentarla, Chavela había alcanzado otro de sus sueños y fuimos a celebrarlo y a compartirlo con la persona que más lo merecía, José Alfredo Jiménez, en el bar Tenampa de la Plaza de Garibaldi. Sentados debajo de uno de los murales dedicados al inconmensurable José Alfredo bebimos y cantamos hasta el amanecer (ella no, solo bebió agua aunque al día siguiente los diarios locales titulaban en su portada “Chavela vuelve al trago”). Cantamos hasta el delirio todos los que tuvimos la suerte de acompañarla esa noche, pero sobre todo cantó Chavela, con uno de los mariachis que alquilamos para la ocasión. Era la primera vez que la escuchábamos acompañada por la formación original y típica de las rancheras. Y fue un milagro, de los tantos que he vivido a su lado.

En su última visita a Madrid, en una comida íntima con Elena Benarroch, Mariana Gyalui y Fernando Iglesias, tres días antes de su presentación en la Residencia de Estudiantes, Elena le preguntó si nunca olvidaba las letras de sus canciones. Chavela le respondió: “a veces, pero siempre acabo donde debo”. Me tatuaría esa frase en su honor. ¡Cuántas veces la he visto terminar donde debe! Aquella noche en el indescriptible bar Tenampa, Chavela terminó la noche donde debía, bajo la efigie de su querido compañero de farras José Alfredo, y acompañada de un mariachi. Las canciones que ella desagarró en el pasado, acompañada por dos guitarras, volvieron a sonar lúdicas y festivas, donde y como debía ser. “El último trago” fue aquella noche un delicioso himno a la alegría de haberse bebido todo, de haber amado sin freno y de seguir viva para cantarlo. El abandono se convertía en fiesta.

Hace cuatro años fui a conocer el lugar de Tepoztlán donde vivía, frente a un cerro de nombre impronunciable, el cerro de Chalchitépetl. En esos valles y cerros se rodó “Los siete magníficos”, que a su vez era la versión americana de “Los siete samuráis” de Kurosawa. Chavela me cuenta que la leyenda dice que el cerro abrirá sus puertas cuando llegue el próximo Apocalipsis y solo se salvarán los que acierten a entrar en su seno. Me señaló el lugar concreto de la ladera del cerro donde parecían estar dibujadas dichas puertas.

Circulan muchas leyendas, orgánicas, espirituales, vegetales, siderales, en esta zona de Morelos. Además de los cerros, con más roca que tierra, Chavela también convive con un volcán de nombre rotundo, Popocatépetl. Un volcán vivo, con un pasado de amante humano, rendido ante el cuerpo sin vida de su amada. Tomo nota de los nombres en el mismo momento en que salen de los labios de Chavela y le confieso mis dificultades para la pronunciación de las “ptl” finales. Me comenta que durante una época las mujeres tenían prohibido pronunciar estas letras. ¿Por qué? Por el mero hecho de ser mujeres, me responde. Una de las formas más irracionales (todas lo son) de machismo, en un país que no se avergüenza de ello.

En aquella visita también me dijo “estoy tranquila”, y me lo volvió a repetir en Madrid, en sus labios la palabra tranquila cobra todo su significado, está serena, sin miedo, sin angustias, sin expectativas (o con todas, pero eso no se puede explicar), tranquila. También me dijo “una noche me detendré”, y la palabra “detendré” cayó con peso y a la vez ligera, definitiva y a la vez casual. “Poco a poco”, continuó, “sola, y lo disfrutaré”. Eso dijo.

Adiós Chavela, adiós volcán.

Tu esposo, en este mundo, como te gustaba llamarme,

Pedro Almodóvar.

 

Last afternoon Sunday  Twitter had only one TT: Chavela Vargas, The Lady of the red poncho, The Shaman, Healer …

Pedro Almodóvar wrote a love letter because she was his great friend, and urged the return of her career in the 70’s while Chavela lived in self-imposed exile when Mexico, his beloved Mexico simply ignored it. Chavela doesn’t die, transcends.

For twenty years I looked in hers usual stages and from that found her in the tiny backstage at the Sala Caracol Madrid took another twenty years leave of her until this very long goodbye, under the abrasive sun of  August in Madrid.

Chavela Vargas made the abandonment and desolation in a cathedral that housed everyone and which came reconciled to her own mistakes, and willing to continue committing them, to try again.

The great writer Carlos Monsivais said: “Chavela Vargas has  known how to express the rancheras desolation with the radical nudity  of the blues.” According to the same writer, to dispense the mariachi Chavela removed the festive character of the ranch, showing in all its nakedness the pain and the loss of her lyrics. In the case of “Think of Me” (that’s what I say) a kind of Agustin Lara’s danzon, Chavela changed so much the original rhythm of a song that a happy dance became a fado or a sore lullaby.

No living sang with tears due to the great José Alfredo Jiménez as Chavela did. “And if you want to know my past, I must be said another lie. I’ll tell you I got from a weird world, that I don’t know about pain, that I triumphed in love and that never (I NEVER she sang) I cried. ” Chavela created with the emphasis of the end of her songs a new genus that would have her name. The songs of Jose Alfredo born at the margins of society and talk about failures and dropouts, Chavela added an ironic bitterness that was fastened to the hypocrisy of the world that she had to live and who sang always challenging. Reveled in the ends, becoming the anthem sorry, I spit the way to the face. As a spectator was an experience that overwhelmed me, you’re not accustumed to bring you a mirror so close to the eyes, tearing with final pull literally tore me. I do not exaggerate. I guess there is someone out there that will happen the same thing to me.

In her second life, when she was over seventy years, the time and Chavela walked hand in hand, in Spain found a complicity  that Mexico denied to her. And within this complicity Chavela reached a fullness serene, her songs gained in sweetness, and developed all the love that also was in her repertoire. “Hey, I want the star of eternal splendor, I want the finest crystal glass to provide the night of my love. I want the joy of driving a boat, and a thousand bells ringing glory to deliver the night of my love”. Over nineties and part of this century, Chavela lived this night of love, eternal and happy with our country, and as a viewer, I feel that this night of love she lived just with me. Chavela just sing to you, to the ear, and when the flow of her voice was less powerful (I do not speak of decline, she did not know it, and she sang what she wanted and how she wanted) Chavela became more intimate. The best versions of “La Llorona” interpreted them in her last concerts. Approached the song with a whisper, and continued in that tone, reciting word for word, until the epic finale. Sing sing what is said just sang the last verse, in one way upward to shout her last brief word. “If  as I love you you love weeping, you want to love you more. If I already have given the life weeping, what more could you want. Want More!” Shuddered to hear the word “more” shouted by Chavela.

I presented she in dozens of cities, I remember each, the minutes before the concert in backstages, she left the alcohol and I left tobacco and in those moments were like two withdrawal syndromes together, she told me how well it would be a glass of tequila, to warm voice, and I said I could eat a pack of cigarettes to combat anxiety, and had just laughing, holding hands, kissing. We kissed a lot, I know very well her skin.

The apotheosis years in Spain made it possible for Chavela debut at the Olympia in Paris, a feat that had only gotten the great Lola Beltran before her. In the stalls beside me Jeanne Moreau, sometimes I have translated verse of the song to her until Moreau murmured “is not necessary Pedro, I understand perfectly,” not because she knew Spanish.

And with her dazzling performance at the Parishian Olympia got finally open the doors that had been more tightly closed to her, the Bellas Artes Theater in Mexico City, another of her dreams. Before the Paris launch a Mexican journalist thanked me for my generosity with Chavela. I said that mine was not generosity but selfishness, I received much more than giving. I also told him that although I didn’t believe the generosity did believe in meanness, and I meant just the country whose culture Chavela was the hotter ambassador . It is true that since she began singing in the fifties in small clubs (which would I left to know the Scorpion, where she debuted with the exotic dancer Tongolele!) Chavela Vargas was a goddess, a goddess but marginal. She told me she was never allowed to sing on television or in a theater. After Olympia her situation changed dramatically. That night, at Bellas Artes in DF,  I also had the privilege of presenting, Chavela had achieved another of her dreams and went to celebrate and share with the person who most deserved it, Jose Alfredo Jimenez, at the Tenampa bar in the Plaza de Garibaldi. Sitting under one of the murals dedicated to José Alfredo immeasurable drank and sang until dawn (she only drank water but the next day the local newspaper headlined on its cover “Chavela returns to drink”). We sang deliriously all who were lucky enough to accompany her that night, but mostly sang Chavela, with one of the mariachis we rented for the occasion. It was the first time I heard accompanied by the original and typical of the ranch. And it was a miracle, so many that I lived with her.

In his last visit to Madrid, in an intimate meal with Elena Benarroch, Mariana Gyalui and Fernando Iglesias, three days before her presentation at the Residencia de Estudiantes, Elena asked her if she never forgot the lyrics of her songs. Chavela said, “sometimes, but I always end up where I have to”. I could tattoo me that phrase in her honor. How many times I have seen finish her where she have to! That night in the indescribable bar Tenampa, Chavela finished the night where she was under the effigy of her beloved companion of partying José Alfredo, and accompanied by a mariachi. The songs she tear is in the past, accompanied by two guitars sounded again playful and festive, where and how it should be. “The last drink” that night was a delightful ode to the joy of having drunk all, to have loved and continue unabated to sing live. The abandonment became party.

Four years ago I went to see her place of Tepoztlan where she lived, compared with an unpronounceable name hill, the hill of Chalchitépetl. In these valleys and hills of the film “The Magnificent Seven”, which in turn was the American version of “Seven Samurai” by Kurosawa. Chavela tells me that the legend says that the hill will be open when the next Apocalypse and save only those who match into its breast. She said the exact spot of the hillside where these doors seemed to be drawn.

Many legends circulate, organic, spiritual, vegetables, sidereal, in this area of ​​Morelos. In addition to the hills, with more rock than ground, Chavela also live with a resounding name volcano, Popocatepetl. A live volcano, with a past of human lover, given before the lifeless body of his beloved. I note the names at the same time they leave the lips of Chavela and I confess my difficulty pronouncing the “ptl” final. She tells me that during a time women were forbidden to pronounce these letters. Why? By the mere fact of being women, she respond. One of the most irrational (all are) of machism, in a country that is not ashamed of it.

During that visit, also said “I am calm,” and she repeat it again in Madrid, on her lips the word quiet takes on its meaning, is quiet, without fear, without anxiety, without expectations (or all, but that does not can be explained), quiet. She also said “a night I’ll stop,” and the word “stop” fell weight and light, definitive and  casual. “Little by little,” she continued, “alone and I enjoy it.” She said that.

Goodbye Chavela, goodbye volcano.

Your husband, in this world, as you liked to call me,

Pedro Almodóvar.

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