Cuento | Dozzer (2015)

No estaba muy seguro de en qué momento había pasado. Yo descalzo caminando sin rumbo, pensando cualquier maraña de cosas, nada claramente, pero demasiado intenso. Estaba borracho, justo en ese extraño momento en el que el alcohol alcanza su máxima expresión dentro, cuando piensas que aun estás vívido pero nadie comprende tu filosofía o tu ciencia. No sé en qué momento dejé el lugar, solo que de pronto el agua se coló en el empeine de mis pies y dos sombras corrieron por el lado contrario de la calle, dos sombras delgadas e imberbes, seguro que ni siquiera serían de su talla.

No podía regresar a casa en ese estado, ni siquiera pensé en regresar, solo en quedarme ahí sobre el asfalto azabache mirando mis pies descalzos y sintiendo el frío cuero de la chaqueta tocando mi piel, fue cuando en medio del camino me la encontré, una ficha verde que solo había visto en películas de apostadores y casinos. De las que se llenaban las bolsas para luego seguir jugando, perdidos en un juego sin fin. Me reí y lo metí a mi bolsa. Me olvidé del asunto.

No suelo encontrarme muchas cosas por la calle, a la mañana siguiente la ficha verde fue lo primero que me regresó a la mente y como si fuera una pieza tan importante como un órgano vital, mi cartera o mi celular la busqué con ese medio que te da cuando no sientes las cosas a la primera, un miedo que te detiene el corazón y te hace sudar frío justo en la nuca y por debajo de las axilas. Como si al haberlo perdido ya nada tuviera respuesta, pero ahí estaba, detrás de la chaqueta, escurridiza por el bolso descocido del interior, pero palpable. Tan pronto volví en mí me di cuenta de mi ilógica reacción. Lo solté pero no podía dejar de verla, me alejé de la cama y me preparé un copioso plato de cereal con leche y volví a la cama como si ese artefacto me pidiera compañía, como si yo tuviera que obedecer a ese clamor. Antes de salir de casa, volví a meterlo en la bolsa rota de la chaqueta, y caminando metía mi mano de vez en vez para comprobar si aun estaba allí.

Parecía un día ordinario, la rutina me mataba un poco a la vez, un poco más cada día. Pero ese día no era así, parecía pero no. Aun cuando había salido aprisa con tufo a alcohol, sin bañar y desaliñado nadie parecía notarme, pasaban a mi lado sin arrugar la nariz ni voltear los ojos a mi presencia, yo no estaba ahí. Y sin embargo caminaba sobre la misma calle donde cada día veía las mismas ventanas y puertas, con las mismas cortinas y los mismos buzones. Todo era igual, pero el aire era totalmente diferente. Y entonces sentí la ficha verde palpitando entre mi puño… ¿cuándo comencé a apretarlo así?. Llegué a la tienda, me puse en mi lugar, ninguno de mis compañeros parecía notar mi presencia, es cierto que  a veces llegaba sin saludar pero… ¡¡hey!! ¡estoy aquí!… no estaba seguro, mi boca estaba seca, pero logré decirlo: “Buenos días” y de pronto como si una capa gris se hubiera quitado del ambiente, como si alguien hubiera quitado el pausa de una grabación vieja, todo cobró color y ritmo, por primer vez desde anoche me sentí a mi mismo, “buenos días” contestaron todos, algunos voltearon a verme desde su lugar, ella me sonrió y no pude evitar sonreírle de vuelta.

Me pareció sentirme más animado, más yo, tuve que hacer una pausa e ir a la farmacia por un peine y cepillo de dientes, me alisté un poco en el baño y seguí con mi rutina, excepto que no era mi rutina. No era yo. Yo no estaba ahí. Ese del espejo no podría ser yo, tan diferente, algo se apoderó de mi, comencé a gritar, agitarme, hiperventilar, mi yo que no era yo del otro lado del espejo se iba sin mí y yo me quedé golpeando el cristal irrompible del espejismo que no alcanzaba a comprender. Yo no estaba, y sin embargo estaba ahí parado mirándome los pies…. descalzos. ¿Cómo no lo noté? ¿Salí así de casa? ¿Por qué nadie me dijo nada? Y el piso de azulejos amarillentos del baño se convirtió en asfalto mojado, comencé a correr, y en mi huida de algo inevitable tiré aquella ficha verde, tan parecida a tantas pero irremplazable.

Sh

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